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El extraño sobrevivía alquilando unos Cocotaxis y andaba para arriba y para abajo con una caja de clavos en la mano. Yo estaba parada frente al muro de su casa, un muro pintado a brochazos de gruesa pintura anaranjada, una nube de aves de colores estridentes revoloteaba encima del vasto patio. Preguntó si comeríamos. No, respondí, a menos que me permita usted entrar. Y me brindó un clavo, como si se tratara de un exquisito manjar. Se lo llevó a la boca y lo chupó, exclamó: «¡Delicioso!»
No, yo no quería entrar, y no tenía hambre. Dije aquello por gusto. Además olía por todas partes a mierda fresca y a vómito. La peste de Aquella Isla.
Regresé al pequeño apartamento de mi madre. Ella se hallaba enferma, acostada en el colchón hundido. Un hombre tocó insistentemente a la puerta, vendía biblias, como en otros tiempos. Aquí no hay dinero ni para comer, como lo va a haber para biblias, le espeté en pleno rostro.
Tiré la puerta.
Desperté con los muslos empapados en sangre.
Ceci n’est pas un rêve, mais un cauchemar… pourri.
Zoé Valdés.

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