Ballet Mécanique. Fernand Léger. (1924).

Primero sentí que llevaba las piernas anudadas al cuello, después no podía cerrar los ojos, ni siquiera parpadear, las pestañas habían quedado cosidas a las cejas, entretejidas entre ellas. No iba a poder bailar, musité.

Sin embargo, pese a esa incómoda posición que se me había impuesto, bailé toda la noche, bailé en mi mente, mientras observaba a los otros bailar… Siempre he sido muy positiva, y optimista; no soy escéptica ante nada, porque considero que nadie puede ser tan negativamente poderoso que pueda presentir e impedir lo que podría estallar en sólo segundos de manera inesperada. Lo inesperado resulta más atrayente que lo anunciado, lo sé, es una perogrullada. El escepticismo es un rasgo de carácter propio de la inmovilidad totalitaria: Nada es creíble, nada es posible, nada sucederá, porque nadie quiere que así sea. Foutaises!

Desprecio profundamente la incredulidad de los escépticos, me recuerda demasiado la soberbia y la altanería de los dictadores cuando empiezan a alcanzar la madurez y se enorgullecen al percibir que cada frase que pronuncien será seguida y repetida por multitudes. Yo siempre he detestado las aglomeraciones y las multitudes, y me alejo sabiamente de las personas incrédulas y escépticas. Son terriblemente contagiosas.

Soy una sola, Una Sola, y eso me produce una satisfacción solitaria, personal, secreta, misteriosa. Creo en lo inusitado, en esa chispa que se va encendiendo poco a poco en algún lejano rincón.

Dentro de mí se producen y multiplican cientos de escenarios, en cada uno de ellos danzan decenas de miles de parejas, de forma mecánica y automática. Son seres diminutos multiplicados en mí, o yo misma descodificada en ellos. Son las palabras. Todo el impulso sale de mi mente y rueda a horcajadas por un hilo invisible hacia mi corazón: esa víscera explosiva y turulata.

Zoé Valdés.