EL SENTIDO AMOROSO, CULTURAL Y ARTÍSTICO DE LO INDIANO.
Por Zoé Valdés.
No escribo ahora para enseñarles lo que significa haber sido o lo que significa ser un indiano, tratamiento coloquial que destaca connotaciones diferentes –según el lente con que se mire- sea de manera despectiva, peyorativa, o admirativa y valorativa, pero de alguna manera me gustaría recordar junto a ustedes la importancia de su existencia, recapitularlo de manera poética, musical y culinaria (aunque sea brevemente), o sea proponiéndoles las ventajas culturales y artísticas que el término supone.
¿Los futuros indianos de entonces tendrían alguna idea de que saliendo de sus aldeas en Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco, Cataluña y Canarias, que viajando a través del mar en busca de mejores horizontes, de situaciones afortunadas, irían a amasar fortunas, convirtiéndose en acaudalados personajes, a los que se les reconocería con el nombre de indianos? El mar, el viento, el adiós, la soledad y la llegada a tierras extrañas hicieron que fueran adentrándose en una melodía absorbente y única que les brindó la fuerza y la constancia para conquistar sus sueños, antes de que estos se convirtieran en una realidad palpable.
Estos hombres, aventureros del destino, ilusionados por el rumbo, y el ritmo, el aletear y lo vibrátil que las aves y la brisa le dictaron al oído, llegaron a países como Brasil, Cuba, Argentina, Uruguay, Venezuela y México. Aquel recorrido duró varios años, casi o más de un siglo, el siglo de Oro, que ellos honoraron haciéndose de oro, amasando el oro, en un auténtico acto de adiestrados alquimistas, desde finales del XIX a inicios del XX, y yo añadiría que hasta casi la mitad del XX.
Llegaron, vieron, vivieron y vencieron. Se enriquecieron trabajando y facilitándoles trabajo a los demás, construyeron lo inimaginable, y se apertrecharon de un pedigrí, adquirieron títulos nobiliarios e inmobiliarios. Se armaron de escudos morales, éticos y hasta poco éticos en ocasiones, en el que el dinero no era excluido, ¿por qué iba a serlo? No se vivían tiempos en los que despreciar el dinero constituía la hipocresía de partidos políticos o de causas meramente electorales. Eran tiempos un poco más dignos en los que el dinero significaba riqueza, y también cultura, educación, progreso. El progreso, para los indianos, ni para nadie, jamás significó miserabilismo, ni andar vestido como un zarrapastroso propalando ideas demagógicas; no, tampoco era cosa de una ideología única, excluyente, la de la ultraizquierda recalcitrante. El progreso era el progreso, ir hacia delante, triunfar en la vida, y sobre todo enriquecerse. El progreso nada tenía que ver con un fatum (fatalidad o destino) marxista de la vida. Enriquecerse no era un pecado o una falta, para el común de los mortales, como lo es en la actualidad.
Eso es lo que admiro en los indianos, su sentido del progreso, que no se redujo solamente a comprar pazos, casonas, terrenos, y convertirlos en palacios, hoteles, emporios o imperios, en aquellos lugares a donde llegaron, exploraron, y sembraron; sino que volvieron, y repitieron las hazañas en sus tierras natales, en sus patios, en sus parcelas. Y aquellas aventuras de “ida y vuelta”, como los célebres cantes que yo particularmente tanto amo, fueron repitiéndose, multiplicándose, en estas tierras amansadas con la dulzura de nuestro café, del sabroso tabaco, del chocolate que dignifica el alma, y que mucho nos deben a los cubanos, a los brasileños, a los argentinos, a los venezolanos, a los mexicanos, a los uruguayos, gracias a esa historia de amor y también de despecho que se produjo entre vuestros (sus) antepasados y los nuestros.
No voy a dejar pasar por alto el tema de las casas y construcciones, el del dominio arquitectural. Cuántas residencias no he visto aquí en España que me han recordado las construcciones de mi país, el Palacio del Marqués de Manzanedo en Santoña, con una hermosa palmera enhiesta en su frente. O la Casa del Indiano en Córdoba, la de los Ceas. Tejas, palmeras, piñas de cemento, o de mármol, en las entradas, bajorrelieves isleños, azulejos, adoquinados y jardines, pisos coloreados, guardacantones, que demuestran la nostalgia por los parajes y hogares que dieron la bienvenida a los indianos.
Es cierto que no todo fue maravillas del coser y el cantar, aunque el cantar alivió el coser, y que esas fortunas tuvieron orígenes sombríos, como lo fue la trata de esclavos, la proliferación de grupos “negreros” que impidieron cualquier tipo de avance hacia una legislación abolicionista. Como por azar, los más esclavistas entre esclavistas, fueron los que desarrollaron su fortuna y nobleza traficada en Cuba, como conocemos los casos del marqués de Comillas, los hermanos Cánovas del Castillo, y Francisco Romero Robledo. Pero, aunque es muy bueno, positivo, que la historia quede fija en la memoria, de nada sirve hoy en día acalorarla con absurda inquina.
Sin embargo, habría que enumerar algunos aspectos que aparecen en un profundo estudio del ensayista Martín Rodrigo y Alharilla, cuyo título es ¿Hacendados versus comerciantes? Negocios y práctica política en el integrismo urbano. Esos aspectos son los de la formación de la identidad cubana, proceso doloroso y no siempre festivo, donde dos estatus, dos clases de la sociedad isleña se fueron invirtiendo en el poder económico, social y político: los hacendados criollos y los comerciantes peninsulares. De esa dualidad nos habla este magnífico ensayo, donde se cita al maestro cubano Manuel Moreno Fraginals, y su segundo tomo de El Ingenio. Y en el que se nos afirma lo siguiente: “Moreno plantea que la contradicción (económica, política y de sentimiento ‘identitario’) principal que marcaba la isla entre los años 1840-1873 radicaba, precisamente, en la oposición comerciantes españoles versus hacendados criollos”.
Sin embargo, como reconoce el autor de este erudito texto, quien más estudios realizó sobre el fenómeno de esta inversión de la dualidad clasista fue el economista y ensayista cubano Leví Marrero, sin olvidar otro importante ensayo, del que también se extraen fragmentos, el de Raúl Cepero Bonilla, Azúcar y abolición, publicado en 1948. Leví Marrero marcará siempre una diferencia entre estos comerciantes españoles, haciendo hincapié en su condición de españoles, apuntando como también hizo Enrique Collazo: el “’crecido dominio que ya ejercían los comerciantes-prestamistas sobre los productores azucareros’, en la década de 1850 y con posterioridad”.
Martín Rodrigo y Alharilla reitera su análisis a través de la visión de Moreno Fraginals, y añade: “En su capítulo ‘Prólogo a una guerra’ -en referencia a la Guerra de 1868-1878- Moreno insistirá en que ‘resumiendo el clima político – social, encontramos tres antagonismos principales (oposición nacional cubano/peninsular, contradicción clasista amo/esclavo y conflicto de color negro/blanco) que, con muy diversas gamas de intensidad, estaban vivos en la isla”, insistiendo expresamente en que, “como los comerciantes negreros en su gran mayoría eran peninsulares (gracias al apoyo oficial) y los productores en general eran criollos, así la típica contradicción colonial entre productores y comerciantes, que era de exclusivo carácter económico, derivó también en oposición nacional”.
De tal modo se explica, de manera clara e intensa, el drama ‘identitario’ del cubano, que es también el drama del indiano, en una carrera económica y febril hacia el verdadero desarrollo, la riqueza. Las mutaciones de poder, y por tanto sus mutaciones de ser controlados a ser controladores, en ese mismo rejuego del poder, sobrepasando los comerciantes en estatus a los hacendados criollos. Recomiendo su lectura.
De esa lectura, como de otras acerca del tema, concluyo que el pasado nos devolverá lo mejor de nosotros si el olvido no sabotea la experiencia de lo que la memoria recuenta y restaura sin ocultar nada, y lo que se construyó, que enriqueció los bolsillos de algunos, a muchos más nos enriqueció el alma, y el espíritu, aun en medio de lo que se vivió en no pocos momentos como tragedia.
Si debo referirme a lo positivo del proceso pienso de inmediato en la parte cultural y artística aportada por los comerciantes peninsulares, por aquellos que devendrían indianos.
Empezaría por la música, refiriéndome en primer lugar a las célebres Habaneras, melancólicas melodías, verdaderos retablos escritos que en muchos casos describieron la travesía en alta mar, luego la estancia en tierra desconocida, el amor a esas tierras que los acogieron brindándole lo más fructífero de ellas, la savia madre, su belleza y su sabiduría. Y por qué no también, a esos “Cantes de Ida y Vuelta”, donde se habla de los “zapaticos de a centén”, de “la china que yo tenía cuando la volveré a ver, era una manzanillera, que me dejó de querer, yo la vi, yo la vi, yo la vi, y ella no me vio, estaba comiendo mango, sentada en el Malecón”, y así en ese estilo.
Entre tantos indianos, sus composiciones musicales, sus apetitos y buen gusto culinario, y numerosas historias, cada una sería una espléndida novela, me gustaría detenerme en el caso de Josep Xifré i Casas a quien le reconocemos esa octava maravilla que es el Restaurante de las 7 Portes, cuya arquitectura tiene de indiano y de parisino, también en los nombres ilustres de Facundo Bacardí, Agustí Vilaret, Jose María Huertas, y Antonio López y López, el Marqués de Comillas; sus nombres son –pese a lo sombrío y pesaroso que supuso la trata esclavista- sinónimos de progreso cultural, de transculturación espiritual, de un sentimiento independentista que apoyó y sostuvo el de los cubanos.
Algunos de aquellos hombres fueron y siguen siendo (sus descendientes o herederos) mecenas del arte, algunos de ellos ya sabían entonces que estaban aportando culturalmente un bien preciado a esas tierras en las que desembarcaron, aunque quizá ya entonces no ignoraran que la verdadera riqueza que ellos adquirirían, que no podían comprar más que con el precio de sus vidas y de su inteligencia, era la de integrar el mestizaje a su cultura, la de integrarse en esa idiosincrasia que se les ofrecía, madura y latente, vívida e inexplorada todavía. Lo que no se hizo sin cierta reserva. Y cito nuevamente a Martín Rodrigo y Alharilla: “El enfrentamiento entre integristas (cercanos al Capitán General y partidarios del mantenimiento del status quo) y reformistas (partidarios de cambios sustanciales en la relación Cuba-España), aparece como una necesaria extensión de la dualidad hacendados (criollos) versus comerciantes (españoles)”. La integración a la que yo me refiero, la que después hemos constatado a través del desarrollo de la cultura cubana, no se producía desde luego de manera tan utópica ni pensando exclusivamente en la trascendencia de ese desenvolvimiento cultural. Porque todavía, lo que yo considero hoy cultura, se moldeaba en aquella época en el mero crecimiento económico de la isla.
Uno de esos ejemplos de protagonismo esencial durante el crecimiento económico y cultural es sin duda Facundo Bacardí, quien creó un imperio basado en la explotación del ron cubano; un imperio que supo extenderse hacia las artes y la cultura, convirtiéndose sin duda alguna, en uno de los mecenas más interesados, interesantes y respetuoso de figuras de las artes y de la vida social cubana.
Es la genuina existencia de Bacardí por lo que quiero acentuar el valor de los indianos en lo que yo quisiera llamar “productos humanos”, que no es un término demasiado poético, pero que define, por ejemplo, a un hombre político que, siendo venezolano, tuvo orígenes canarios e indianos, y hablo del presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt.
Muchos grandes hombres surgieron de lo indiano. Bacardí, reitero, es uno de esos apellidos ligados a lo cubano para la eternidad, y es la razón por la que les pido que me permitan citarles otro trabajo que aprecio de José María Ballester Esquivias, titulado Los Bacardí, Crónica de una familia, Los que hicieron a Cuba famosa, donde el autor empieza contándonos lo siguiente: “El 4 de febrero de 1862, Facundo Bacardí Massó, un catalán de Sitges emigrado veinte años antes a Cuba, fundaba la marca de ron que lleva su nombre. No se trataba de una marca más: gracias a la clarividencia de Facundo –plasmada en oportunas alianzas empresariales y en la apuesta por la tecnología-, Bacardí no tardó en tomar ventaja sobre sus principales competidores en lo que a calidad del producto se refiere.
Sin embargo –y pese a que los primeros años fueron difíciles en lo económico-, Bacardí completó su acierto inicial cuando decidió unir su destino al de Cuba y convertirse en un embajador de facto de la isla. Pero no solo a efectos publicitarios: el compromiso de la familia Bacardí también significaba compartir la suerte y las aspiraciones de los cubanos.” Lo que en aquella época poseía una gran significación patriótica, en el sentido cultural, poético, pero también justiciero y libertario.
Bacardí es uno de los inventores de uno de los sabores más preciados y cotizados de aquella isla tan sumamente sabrosa. Y eso constituye sin duda una proeza cultural culinaria.
En este artículo de Ballester Esquivias se recuerda, que el hijo mayor de Facundo, Emilio Bacardí Moreau, a su regreso a Cuba, abogó por la “independencia total”, no alejándose necesariamente y para nada de España, sino acercándose más a Cuba. Tras quince años de tregua, después de la guerra entre 1868 y 1878, Emilio Bacardí “consolida” sus ideas independentistas y aboga por la igualdad racial, inclusive escribió una novela llamada Vía Crucis, que “era todo un alegato contra la esclavitud”. Emilio Bacardí llegó a devenir alcalde de Santiago de Cuba, y a senador más tarde, pero si bien su trayectoria y posición le abrieron esos espacios, también sufrió reveses, como fue el aceptar a duras penas que la independencia de Cuba estuviese condicionada a una nueva situación con los Estados Unidos, y la persecución fiscal de la que fue objeto posteriormente en los años 30, por el presidente Gerardo Machado, tampoco tuvo mejor suerte con Fulgencio Batista, pero Bacardí siguió su carrera innegable hacia el éxito. Es más que conocida su labor cultural, al patrocinar a Celia Cruz, y organizar el homenaje de Cuba a Ernest Hemingway cuando ganó el Premio Nobel de Literatura. Sin embargo, se equivocó rotundamente al apoyar a Fidel Castro; equivocación que compartió con la mayoría de los cubanos, todo hay que decirlo.
No podemos obviar –hago una digresión- que muchos indianos regresaron a España muy entrado el siglo XX, pero otros muchos se quedaron, los más pobres, y fundaron familias. No solo considero yo indianos los que regresaron enriquecidos, sino a todos. Esos que volvieron adinerados, con montones de proyectos, hicieron renacer en España empresas inspiradas en las que ellos habían sido antes empleados en Cuba. Galerías Preciados, El Corte Inglés son instituciones de indianos, de gente pobre que fueron allá de empleados de sus familiares, y al volver se inspiraron en la famosa tienda habanera de El Encanto. A su regreso recrearon El Encanto, y eso fue Galerías Preciados y es El Corte Inglés. Todos los días miles de españoles entran y compran en una creación indiana. También en el año 1965 ó 1966 se abrió el primer supermercado a la cubana en España, fue el supermercado PRICA, otra creación indiana, sus propietarios eran esos hijos de los españoles que salieron de Cuba, nacidos aquí, indianos a la fuerza por raíz sanguino-empresarial.
Desearía subrayar, declinando ahora hacia una novedosa forma creadora de lo indiano, aquellos que se enriquecieron con el lenguaje, y a su vez enriquecieron el idioma, y que se quedaron allá o vinieron acompañados con esa única ventaja, que es una fortuna infinita, la del habla del indiano, que derivó en lo habanero; aprovecharé entonces para citar a escritores de la talla de Lino Novás Calvo, Carlos Montenegro, y Juan Goytisolo. No olvidemos que Lino Novás Calvo es el autor de la novela Pedro Blanco, el negrero, que tanto influenció a Alejo Carpentier, y del libro de los cuentos Otras Maneras de Contar, en los que desarrolló un lenguaje muy del barrio, callejero y habanero, proveniente de su experiencia de taxista, entre otros trabajos que hizo en La Habana. Lino Novás Calvo, que regresó a España, y al que sorprendió la Guerra Civil, luchó del lado Republicano, por poco lo fusilan, y retornó más tarde a Cuba, probablemente nostálgico de una segunda mutación de lo indiano. Murió exiliado en Nueva York.
El propio José Martí, el cubano más universal, adoptó en su regreso definitivo y fatal a la isla, un reto muy indiano de la vuelta sin retorno.
Como un episodio divertido al margen, el conocido editor de Tusquets, Antonio López Lamadrid, descendiente del esclavista Antonio López y López, primer Marqués de Comillas, y el personaje central de Lino Novás Calvo, en Pedro Blanco, el negrero, que no es otro que su antepasado directo, como ya dije, editó la novela, y tomó el primer ejemplar del libro y se lo llevó a una plaza, o monumento que tiene su antepasado, ese Marqués, que en vida y fortuna fue El Negrero, en son de homenaje. Me cuenta Miriam Gómez, viuda de Cabrera Infante, que Toni López Lamadrid lo contaba con gran deleite.
De Carlos Montenegro, permítanme señalarles una obra mayor, bastante desconocida en España, Hombres sin mujer, que ha sido punto de referencia para una gran cantidad de novelistas cubanos. De Juan Goytisolo todos ustedes seguramente conocerán su obra, la que yo admiro, y me consta que escritores de la talla de Guillermo Cabrera Infante también la admiraron enormemente. Goytisolo es un extraño indiano, descendiente de indianos pero nacido en España. Conoce Cuba ya muy adulto, y a su vuelta empieza a escribir sobre Cuba, como un indiano.
Precisamente fue Guillermo Cabrera Infante quién en numerosas ocasiones señaló la inmensa retribución del indiano al idioma castellano, sobre todo en el periodismo, modernizándolo y americanizándolo de una forma sumamente vasta, con su mezcla de vocablos y frases distintivas, evocadoras, convocadoras y provocadoras.
Se ha escrito que el habla popular, o el habla tout court, en algunos países latinoamericanos es un “español indiano” surgido de la “matriz española”, y que recogiendo formas expresivas de “diversas procedencias, reconstruye e inventa”, produciendo un lenguaje de una extraordinaria personalidad y riqueza, tal como escribe el profesor, bibliófilo y diplomático peruano Fernando de Trazegnies, que sitúa el fenómeno de la siguiente manera: “… la complejidad cultural de esta lengua de las Indias Occidentales. Pero algunos ejemplos nos permiten atisbar en la riqueza, variedad e ingenio de este idioma americano e incluso mostrar las vicisitudes muchas veces extraordinarias que atraviesan las palabras…”. Y continúa definiéndolo como “construcciones gramaticales aparentemente exóticas y que, sin embargo, se enraízan en la lengua clásica”.
Estudios de Dámaso Alonso dieron como resultado que en Cuba y en otros países americanos se hablaba el castellano más puro y más imaginativo, un español antiguo salpicado de voceos del habla cotidiana, de arcaísmos mezclados con palabras africanas, yorubas, y otras palabras cuya raíces provienen del desaparecido idioma indígena, en nuestro caso de los taínos, por lo que todas aquellas palabras que empiezan con ‘gua’ proceden de vocablos indígenas, como aquellas que se inician con ‘al’, como alharaca, alforja, almohada, poseen origen árabe. Mientras el castellano evolucionó en América, sin embargo, no consiguió que en España fuera aceptado y adoptado en toda su amplia evolución de forma hablada. En La Regenta (1884-85), primera novela de Leopoldo Alas (Clarín), que todos hemos leído y estudiado, la protagonista Ana Ozores, casada con Víctor Quintanar, acogió con beneplácito el dinero del indiano, pero despreció la forma de hablar, repeliendo su acento meloso y dulzón, con diminutivos y regodeos tan parecidos a los que se usan en el danzón con los movimientos del abanico.
En la música ha sucedido una cosa bien distinta, la música cubana trascendió de manera insospechable en España, sin esos remilgos y renuencias frente al lenguaje. Me gustaría citar dos ejemplos –habrá más seguramente- de “indianos al revés”, de trayectoria a la inversa, de cubanos que pudieron a través de la música enriquecer al público europeo, eminentemente al español, que consiguieron que las letras de sus interpretaciones pasaran y fueran recordadas como pura poesía del amor y lo romántico, lirismo de altísima y también mediana calidad, gracias a la majestuosidad de una música mestiza, que también es indiana, y que empezó haciendo su viaje de ida y vuelta con la célebre Ma Teodora, que se fue para allá con la rumbilla flamenca y recurvó hacia acá (España) perfilada por el guaguancó, el son, el bolero y la guaracha.
Entre esos músicos no puedo dejar de mencionar a Francisco Raúl Gutiérrez Grillo, más conocido como Machito, que fue indiano sin pasar por España, sin viajar más que a New York, y ese filósofo del bolero que fue Antonio Machín, que plantó cátedra con sus maracas, y su sentido tan abarcador del deseo, arrullador y bien pronunciado “cariño”, y tan magistralmente estilizado en los innumerables ritmos y melodías de la música cubana, tan variada en tiempos pasados. En la línea directa de esa cátedra, y heredera de Isolina Carrillo, de Celia Cruz, de La Lupe, y de tantas otras, aunque no siendo la única, me gustaría nombrar a quien yo considero la diosa de ébano de un estilo nuevo y perdurable, que no pasará de moda nunca porque se nutre de aquellas múltiples y regeneradoras etiquetas aprendidas de sus maestros. Me refiero a Lucrecia. Ustedes tal vez la conozcan tanto o mejor que yo, y la querrán tanto como yo, hemos disfrutado desde hace años de su voz, de su incuestionable talento. Lucrecia ha entregado lo más hermoso y seriamente estudiado de su arte a este país, que es hoy su público, porque su público natural, el cubano, está lejos en la distancia. Ella ha sabido construirse ese imperio maravilloso que es el público de ese gran país, España, atraérselo con ternura, calidad y transparencia.
En cuanto a la pintura, a las artes visuales, merecería este tema otro estudio más a profundidad. El propio Guido Llinás, mulato, se consideraba un indiano de abuela catalana, ‘blanco’ de ese costado.
Y como que escribo este texto en vísperas del día de la Vírgenes de Regla y de la Caridad, madres chipioneras y cubanas e indianas de los mares y de los ríos, sólo me queda terminar con esa palabra que es todo ardor cubano e indiano en los labios de Lucrecia: ¡Agua!
Zoé Valdés.

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