Extrañamiento, ¿nostalgia?

La segunda casa donde ví con mi madre en Empedrado 505, antes viví en un cuarto con mi madre y mi abuela, además de mi tía, en Muralla 160
La segunda casa donde viví con mi madre en Empedrado 505, antes viví en un cuarto con mi madre y mi abuela, además de mi tía, en Muralla 160

La primera vez que salí de Cuba tuve muy sensaciones extrañas: sentí miedo a desplazarme, temor a perderme, no podía opinar libremente en reuniones donde había más de tres o cuatro personas, desconfiaba. Las veces siguientes preferí descubrir todo lo que no había podido descubrir en Cuba, debido a la censura, y entonces me atreví a extraviarme en solitario. Jamás extrañé la censura, nunca sentí nostalgia de las prohibiciones. En mí se operó un proceso bastante incomprensible, empecé a olvidar súbitamente todo lo que dejé detrás, de mi mente se borraron sobre todo los recuerdos más recientes, y los más remotos afloraron fácilmente a mi memoria. Un médico me explicó que esa era una de las enfermedades del exiliado, la interpolación de los recuerdos, las preferencias de unos antes que los otros, de forma selectiva, y dirigidos por los sueños fundamentalmente.

Empecé a sentir nostalgia de rincones habaneros, de las calles de mi infancia, a presentir en duermevela a mis seres queridos y a las personas que conformaron mi educación, a extrañarme de los parques, de los paisajes, al mismo tiempo que luchaba denodadamente por integrarme en un mundo en el que todavía no pertenezco del todo. El extrañamiento consistía en que no podía visualizar despierta los lugares tal como existían en mi memoria, sin embargo en los sueños los veía claritos, al despertar volvían a empañarse, como atrapados bajo un cristal nevado.

Desde el inicio supe que tenía que cortar por lo sano si quería desprenderme de los malos recuerdos, y como no soy masoquista, puse mi empeño en ello; mientras me integraba en la sociedad real, en la que vivía, y en la que tenía que funcionar, escribía por las noches todos esos recuerdos que me impedían avanzar. Escribiéndolos me despojaba de ellos sin apenas daño, porque al mismo tiempo sabía que escribiéndolos no los borraría brutalmente de mi vida, quedarían ahí, como en una especie de vitrina de un museo. En el museo de los exiliados sólo caben los fragmentos esquirlados de un pasado sin retorno.

El proceso es duro cuando uno sabe que la partida ha sido definitiva, que nunca más regresarás, hasta que no se den las condiciones adecuadas, hasta que tu país no sea libre y democrático. Pero el proceso de integración es todavía más duro, porque aprender a ser libre no es fácil. Cuando te vas dando cuenta de que lo estás logrando respiras aliviado y el resto del perenne escozor interior se va apaciguando, aunque no del todo.

Nunca sentí nostalgia por las prohibiciones, ni por la federada o comisaria altanera, ni por la presidenta del comité rastreadora, mucho menos por la Jefa de Vigilancia que me pedía que informara sobre mi marido disidente. Tampoco pensé en lo más mínimo en la cantidad de veces que me censuraron artículos en los periódicos y trituraron mis libros en las editoriales. Y mucho menos me deprimí cuando me llegó la noticia  de que mi poemario Todo para una sombra había sido convertido en pulpa a raíz de mis últimas declaraciones en el periódico Libération. Lo concebí como algo propio de las tiranías, como una consecuencia de mi acto de libertad de escritora y de ser humano, el que ejercía por primera vez desde el exilio. En esas declaraciones yo afirmaba que Cuba perseguía el modelo chino o vietnamita, y que había cientos de presos políticos, añadía que yo regresaría a Cuba en seis meses. Lo que no me permitieron los castristas tras la publicación de La nada cotidiana, hasta el día de hoy. Yo, por supuesto, cambié de parecer muy pronto en cuanto al regreso. A quien ha conocido la libertad en toda su vastedad y significado le cuesta volver a la cárcel, tras las rejas, aunque estas sean invisibles, pero en este caso, vinieron directamente a amenazarme, a mi casa, para advertirme que las rejas ahora podían ser reales.

No salí de Cuba más que buscando libertad, y buscando sobre todo un futuro para mi hija, que hoy es una muchacha de 19 años, brillante estudiante de La Sorbonne.

En los últimos tiempos en Cuba no comíamos bien, pero tampoco mal, mi padre y mis hermanos me mandaban dinero, y nos apañábamos. No éramos príncipes pero tampoco mendigos. Cuando decidí irme y lo anuncié en mi puesto de trabajo, que era por donde único podía tramitar mi salida con carta de invitación de la Escuela Normal Superior de París y de la editorial Actes-Sud, me ofrecieron la venta de un automóvil ruso, un Moscovich, dije que no, no lo necesitaba. No lo necesitaba antes, y no lo necesito ahora, no sé conducir ni me interesa. Camino, amo caminar, cojo taxis, guaguas o metro.

Dicho todo esto, respeto mucho a aquellos que salieron a comerse un biftec, y que no saben o tal vez lo sepan, que el hecho de comerse un biftec es considerado también un problema y delito político en Cuba, porque aquel que compre un biftec en el mercado negro, o mate a una vaca, así sea su propia vaca, la que él ha criado pero que no le pertenece del todo, como la mayoría de las propiedades en Cuba, que son propiedad al 50 por ciento con el régimen, debe de saber y sabe que está cometiendo un delito y que puede ir a la cárcel por el solo hecho de comerse un biftec o de matar a su propia vaca para vender la carne o comérsela. Casos como esos hay muchos.

Por lo tanto, extrañamiento sí, ¿nostalgia? Nostalgia sólo de lo bueno, de los lugares que ya no son los mismos ni significarán lo mismo, de las personas que ya no viven en el mismo lugar o sencillamente no viven, de los recuerdos, de la Ítaca del poema de Constantino Cavafis.

El otro día un cubano de Facebook, con gran amabilidad, me mandó una foto de la calle Empedrado 505 entre Villegas y Montserrate, una de las direcciones donde viví con mi madre, después de pasar dos años en un albergue donde la promiscuidad y la violencia daban al cuello, a donde fuimos a parar después de haber perdido nuestro cuarto miserable en el solar de la calle Muralla, destruido por un derrumbe producido por un ciclón y por el abandono del régimen.

Bien, observé la foto detenidamente, y recordé a mi madre en el balcón, tirándome la llave, a altas horas de la madrugada, cuando yo regresaba de alguna fiesta oculta en una azotea o de alguna reunión amistosa con mis amigos, adolescentes, jóvenes al igual que yo. Fue de lo único que sentí nostalgia, de lo demás… Lo demás me importa poco, y prefiero escribir algún día sobre ello en una novela, para exorcizar a los demonios. Porque lo demás no es más que infierno.

Zoé Valdés.