
Llevo años leyendo las crónicas de Frédéric Vitoux y por supuesto sus libros, tuve la suerte de que escribiera sobre una de mis novelas, la segunda publicada en Francia, justo en el momento en que el castrismo consiguió publicar en la prensa mundial que yo había muerto (se lo colgaré en otro post). Ahora ha salido editado un libro extraordinario de su autoría, titulado Voir Manet. Para los que lean francés y amen la pintura de Manet no pueden perderse esta lectura. Gran libro. Al parecer Manet tenía muy mal carácter y caía muy mal, a eso aspiro, a ser una gran escritora que cae mal, pues en el mundo políticamente correcto de hoy, primero tienes que caer bien a la plebe y a la morralla para que te consideren, sin leerte, entonces una buena escritora o un buen pintor. Por eso admiro cada vez más a los artistas que no se autoimponen caerle en gracia a nadie. Yo soy así, en eso siempre me gana mi parte irlandesa por encima de la china: una pesada, una sangrona amable.
Traduzco rápidamente para ustedes algunos párrafos del libro de Vitoux:
«¿Existe hoy, en el vocabulario del arte y de la crítica, un término más abominable que el de «moderno»?
Es la visa, el certificado o el Ausweis con el que todo creador quiere ser acreditado, con el que todo libro, toda película, toda obra plástica debe contar como exigencia de los censores, de los agentes, de los milicianos de la autoridad cultural, de los periodistas y de los guardianes del templo, a riesgo, sino, de verse rechazado, ignorado, de no ser ni siquiera el objetivo de los críticos (¡lo que sería ya al menos algo!) aunque bajo silencio y abandonado a su insignificancia.
Esta súplica trepa por todas partes.
Yo soy moderno, grita el primer plástico, el primer prosista o compositor cualquiera; le hablo a usted, escúcheme, soy su espejo, su revelador, no tengo nada que ver con la tradición, el pasado, la reacción, no, no, no soy reaccionario, no doy un paso mal dado al lado, no me vuelvo, no soy melancólico, nostálgico, no tengo memoria, sólo tengo fulgures del porvenir, invento, yo le invento a usted, le deformo, le insulto quizá (pero eso no tiene ninguna importancia, el desafío se porta muy bien, la insolencia es la forma más sutil de la adulonería, la provocación le nec plus ultra del aplastamiento demagógico), yo creé formas nuevas o no creé ningunas, que no dependa de eso (¿no son las formas o los códigos ya anticuados en su esencia?), yo vocifero, yo lanzo anatemas, yo me distingo, yo soy la cabeza de una nueva escuela, yo les extiendo un espejo, yo soy la vanguardia, yo marcho a la cabeza de un rebaño, dicho de otro modo formo parte del rebaño, yo grito o balo, no teman nada, yo soy un creador, salúdenme, incénsenme, subvenciónenme, agradézcanme, ¡enriquezcanme!…
¿Hay algo por lo que enloquecer? Sin duda. En esa carrera desenfrenada de lo moderno, ya no sabemos a qué bandera aliarnos pues son tantas las que se sustituyen precipitadamente las unas a las otras. La moda es lo que obsoleto (La mode c’est ce qui se démode, juego de palabras intraducible), decía Cocteau. Sin duda, ¡pero a tal punto!»
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Aquí reproduzco la crítica que hizo Frédéric Vitoux de La nada cotidiana, al final termina aclarando que no estoy muerta, que estoy muy viva.


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