Zê me observa meditativa a través del espejo, sabe que he dormido poco y que tengo el lado derecho de la cara un poco inflamado. Va hacia el cuarto y se pone el vestido negro y blanco pintado de motivos pantera que le regaló su hermano, y me pregunta con un gesto habitual si será apropiado para el funeral de Bernard. Sí, lo será, le apruebo agotada a Zê. Ayer caminamos hasta tarde ella y yo por el París que le dio la bienvenida hace ahora dieciocho años.
Toma un chal también negro y transparente de la gaveta, la cartera, los espejuelos oscuros, y sale a la mañana soleada. En seis paradas de metro estará en la Iglesia Saint-Roch.
Zê llega puntual. Y me susurra: “Otra vez llegamos puntual, no escarmentamos, mira que te he dicho que a los funerales es mejor llegar lo más tarde posible”.
Sólo nos han precedido dos señoras, ancianas, y Claude, creo. Zê abraza a Claude, y él también a ella; efusivos, emocionados. Él le pregunta por el amigo cubano, y ella le responde que le ha escrito y él le ha respondido, desde Miami. Y también pregunta por el otro amigo cubano de Montpellier, y Zê da detalles, y excusas. Claude responde que sí, que Jojó le ha escrito a través de su blog.
Los hombres altos, trajeados en negro mate, se disponen a sacar los ramos y las coronas de flores de los celofanes. Hoy la muerte es el sonido estrujado de celofanes, masculla incómoda Zê.
Empiezan a llegar poco a poco los amigos, y los desconocidos para Zê y los habituales de Bernard, y por último aparecen las personalidades, pareciera que todas se pusieron de acuerdo en la demora, y acoplaron sus relojes para el minuto tardío. La última gran personalidad que hace su entrada, por supuesto es Bernard, imaginado por Zê muy apretado en el interior del estrecho féretro, mecido al compás del órgano y de la marcha ritual. Zê llora con el pecho engurruñado.
Claude lee un texto contundente y lúcido, Luchini recita magistralmente un poema de Baudelaire y es el único que consigue algunas sonrisas y hasta risas sonoras se reiteran en un eco cascado dentro del recinto, aquel obvio salón tan lejano de Les Salons, bañado por los claros oscuros de la memoria, el olvido, de la vida; otro fiel amigo evoca a Bernard entre lágrimas, de forma casi íntima, rotundamente personal, y se le quiebra la potente voz de tenor que posee. Todos hemos sido sus amigos, y sus discípulos, por más o menos tiempo.
El párroco, como de costumbre, aclara que él sólo conoce a Bernard a través de sus amigos, los allí presentes. No lo ha leído. ¿Qué leerán los religiosos? ¿Solamente sus respectivas biblias, coranes, torahs? Zê recuerda que conoció a un cura franciscano, poeta, que leía una novela tras otra, y algunas de ellas bastante picantes. Pero era cubano, y valiente, o sea una auténtica rareza.
Entonces el párroco continúa con un discurso inmaculado, impecable, demasiado… Zè piensa que le faltó algún desliz, un simple errorcillo, para que fuese perfecto.
En un instante el párroco nos mira a todos, frontal, y subraya: “Bernard era sobre todo un ser libre, que sabía que ser libre no consistía en “faire tout et n’importe quoi”, sino fundamentalmente en ser “libre d’esprit”. Sí, en efecto, así era Bernard, un hombre libre, y ya no se debiera añadir nada más, o sí: elegante, culto, hermoso, un apasionado, un gran conversador como ya no quedan, un espíritu elevado, un escritor, quoi! Aunque él mismo se lo negara.
En silencio Zê dice adiós a Bernard en nombre de sus amigos cubanos ausentes.
Termina la misa y seguimos a Bernard hasta el luctuoso automóvil donde introducen la envoltura de su alma para conducirla definitivamente al cementerio de Montparnasse.
Afuera, en el Faubourg Saint-Honoré, la algarabía del mediodía con los camioneros descargando mercancía en las boutiques y hoteles, los turistas interesados en la banalidad de las ofertas, y los vecinos en sus quehaceres cotidianos, opacan los murmullos de quienes se despiden tímida y pesarosamente de Bernard Minoret, cuya alma desanda ya por la Rîve Gauche.
Finalmente, antes de abrazarla de nuevo, Claude le cuenta a Zê que en la mesita, junto a la cama donde su amigo falleció pidió que le dejaran un libro. Zê musita en mi oído que se trata de La mujer que llora, novela en la que Bernard es uno de los personajes protagónicos.
Esta noche Zê colocará uno de los libros de Bernard en su mesita de noche, y lo releerá hasta muy tarde, en letanía; para que todo vuelva a renacer, comme d’hab.
Zoé Valdés.
Philippe Jullian et Bernard Minoret : Les Morot Chandonneur (vidéo).

Deja un comentario