Editorial: La lista literaria de los Castro publicada por sus voceros

Acabo de enterarme de otra minucia de ésas de la tiranía, de que los hermanos Castro han entregado a sus escribanos voceros en el exterior una lista de escritores ahora tolerados en donde se incluye a nombres de exiliados anticastristas prohibidos hasta hace poco, muertos todos, claro está, y a otro grupo de nombres de garabateadores inventados por la maquinaria putrefacta. Sí, ya lo ven, todavía siguen haciendo listas, y no como la de Schindler, qué va.

Ni cortos ni perezosos, los garabateadores del castrismo -que no escritores- se han dado a la tarea de publicar esos nombres como si ellos fueran los autores que ahora autoriza la dictadura a leer de manera libre. Y por supuesto, situando así la pauta de lo que hay, de lo que trajo el barco, y por otra parte de lo que no existe para ellos, de lo censurado. Como verán no existo en esa lista. No existo para ellos. Qué alegría. Todavía me censuran. He sido publicada en el mundo entero, traducida en el mundo entero, y todavía el castrismo no me incluye en sus listas. Un gozo personal, un triunfo admirable, desde luego. Eso hablará de mí en el futuro, que es a lo que aspiro, a ser todavía más leída por los cubanos del futuro libre y democrático de la isla.

Hace muchos años el poeta Osvaldo Sánchez escribió un artículo en aquel Caimán Barbudo donde dijo de mí que yo sería siempre la poeta borrada de todas las antologías. Fue premonitorio, aunque ya en aquel momento me habían eliminado de una antología de poetas cubanos publicada por una editorial del régimen y realizada por un lameculo sandinista. Todavía intentan borrarme, no sólo por «problemas políticos», no, además por envidia, celos, complejos, y por plagiadores. Reconocer mis libros es reconocer de dónde han salido las mediocres copias suyas.

Precisamente, no incluirme en una lista de plagiadores y medio analfabetos tapiñados es el mayor honor que me hacen. El más grande. Gracias, otra vez, por ser tan lerdos y «atormentadores de sí mismos», en el menor (para ellos peor) estilo de Publio Terencio Africano, pero claro, sin la grandeza y sin la genialidad.

Zoé Valdés.