Hablo con una amiga que me dice que ha leído un artículo en el Granma del Norte donde una supuesta disidente llama «abuelito» «delicado» a Castro I, y que Putin lo contempla con ojitos compasivos, etc. Dios santo, cuánta mierda.
Empecemos con lo siguiente, que en este país no publican jamás en las páginas de un periódico a nadie que se haga llamar disidente y que lo que ha sido toda su vida es de intérprete, maestra, institutriz, etc. En este país hay que probar con creces que se es un periodista o un escritor, un filósofo, o un político eminente, para poder publicar sus opiniones en los diarios serios. Los requisitos y las exigencias son de gran envergadura.
Sigamos, con lo que está de tranca, porque a estas alturas, llamar como se llame al vejete de Castro I y a su hermano, así como a toda su parentela, no resuelve nada de nada, y mucho menos le lavarán las manos de la sangre que ha corrido por ellas. Mi amiga me recuerda la escena de Lady Macbeth, donde Shakespeare la puso a restregarse las manos, pero la sangre no se iba, ¡qué se iba a ir! Tanta sangre no se puede borrar de un restregón y ni siquiera de varios.
De modo que incluso si los Castro pretenden lavarse las manos de los crímenes que han cometido, y que los que lo rodean lo intenten también, llámense secuaces o falsos disidentes, la mancha de cualquier manera quedará indeleble; mucha sangre ha corrido en ese país durante más de medio siglo para empecinarse ahora en hacerlos pasar por angelitos, o por los niños del coro, como se dice por acá.
Como bien le recordó Macbeth a Lady Macbeth cuando se lavaba una y otra vez las manos: «Hemos entrado demasiado lejos en el charco de sangre, para volvernos atrás». Lo mismo que los Castro.
Lo que trajo el barco.
Zoé Valdés.


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