Anoche soñé con La Habana, pero no era ya la ciudad en la que nací y crecí, no. Era una ciudad desproporcionadamente horrenda. Fue una pesadilla, no un sueño.
La ciudad no se acababa nunca. La habían llenado de extraños monumentos por donde se desplazaban ejércitos de cucarachas voladoras. Las calles estaban llenas de gente que caminaba en una misma dirección: La Habana Vieja; y de cadáveres empequeñecidos, estrujados y podridos, huesos por doquier.
Mi madre vivía en aquel apartamento de la calle Empedrado, y para llegar hasta ella tuve que caminar muchísimas cuadras (más de las habituales) entre las filas de mamertos perfumados con excrementos de caballos. Era una ciudad de putas viejas y amoratadas, de maricones resecos, de ladrones polvorientos, y de escritores muertos. A los escritores muertos les habían construido un monumento glorioso, no importaba si en vida habían sido exiliados, protestones, o lo que fueran, ahora están muertos y es imprescindible ganar dinero con su prestigio. Por visitar cada tumba monumental de escritor se cobraba, caro, muy caro. A los escritores vivos, disidentes, los habían lanzado vivos en una fosa común y allí los iban quemando lentamente.
Soñé con caras, digo, máscaras conocidas; todas hablaban igual, con la misma jerga ensalivada.
Por fin abracé a mi madre, que me advertía que le quedaba poco tiempo de vida, mientras salía del baño del cuarto, y que padecía un cáncer, y que no quería morirse en esa ciudad de cabrones y mequetrefes. Mamá se me moría, se me volvía a morir, y no podía impedirlo, ni podía sacarla de allí, como ella me lo pedía.
Me asomé al balcón con los ojos aguados, temblorosa; las grúas y los pedestales seguían elevándose por encima de las estrellas, ocultándolas. Abajo, en la acera de enfrente, un perro vomitaba a un gato.
Zoé Valdés.


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