Editorial: Diez años sin Guillermo Cabrera Infante. Por Zoé Valdés

Guillermo Cabrera Infante no salió de Cuba a hacer fortuna, sino a hacer literatura. A ser literatura. Ya hoy es más que nunca literatura, porque la hizo, y con honestidad. Pudo haberse quedado callado, pudo haberse bloqueado (lo que le sucedió en algunas ocasiones durante su enfermedad), pero siempre consiguió liberarse de su encierro, y opinar o escribir, gracias a Miriam Gómez.

Lo escupían en los restaurantes, le gritaban improperios en las calles, le organizaron mítines de repudio en las conferencias, pero el escritor siguió condenando al castrismo. Tal como había condenado al régimen anterior. Todo está en su obra periodística y en gran medida en su obra narrativa, desde Así en la paz como en la guerra hasta Mapa dibujado por un espía, su última novela publicada.

Censurado por el castrismo de por vida, luego por el franquismo en España, y años más tarde, cuando publicó Mea Cuba, su obra fue retirada misteriosamente de las librerías, tras una orden salida directamente de la cúpula del gobierno socialista de Felipe González, Guillermo Cabrera Infante no se amedrentó, aunque su salud se rompió por donde su pensamiento. Pensó demasiado y comprendió enseguida todo. Comprendió que el enfrentamiento al castrismo era una batalla de David contra Goliath, y decidió escribir apartado de cualquier grupo, terminar y dejarlo todo para después. Después del final. Vengarse desde el más allá. Escribía por venganza y con vergüenza. Tenía la certeza de que Miriam Gómez estaría aquí, para cuidar de sus palabras, y para hacer más sofisticada su venganza, más palpable la vergüenza de ser humano, ante la inhumanidad del mundo frente al castrismo.

Zoé Valdés.